Juego magic desde hace un par de años, aunque lo primero en jugar fue estándar, cuando conocí el formato commander fue amor a primera vista.

Un amigo tenía un mazo commander de ángeles, al ver esas ilustraciones donde había algunos sacados de películas setenteras, otros con trajes dignos de los caballeros del zodiaco, hizo que me obsesionara con la idea de armar un mazo con ellos.

Así fue como poco a poco comenzará a comprarme las cartas para poder completarlo, compré el FTV de ángeles así obtenía a mi comandante, “Avacyn, Angel of Hope”. Era perfecta, podría usar todos aquellos ángeles de bellas alas, trajes pomposos y nombres imponentes, además sentía que al ver que ella, Avacyn, se había liberado, traería consigo la protección que todos los otros ángeles necesitaban.

“A golden helix streaked skyward from the Helvault. A thunderous explosion shattered the silver monolith and Avacyn emerged, free from her prison at last.”

Mi presupuesto era limitado, jugando estándar y su rotación incansable, hacía que al encontrar un comandante monocolor mi base mana no fuera tan cara. Ahora tenía que enfocar mi mazo a que dinámica me gustaría llevar a cabo en él, entonces como siempre amé las iras, la destrucción, limpiar mesas y todo eso, al tener tan grandiosa comandante me permitiría poder mantener en juego mis permanentes y poder usar todas las iras posibles permitidas en el formato.

Cada paso que iba logrando para poder armar pronto mi mazo hacía que me enamorara día a día de este formato. Lo entretenido de todo que mi idea era siempre jugar solo por diversión, encontraba tan fome jugar para ganar en dos turnos cuando se jugaba entre amigos, que jamás pensé en orientar mi mazo a un combo, además la búsqueda de cada carta para tenerlo listo sin una lista buscada en internet lo hacía más emocionante. Generadores de maná fue lo más difícil de conseguir: los buenos -caros y escasos- lo volvió la última parte proceso.

Después de tener 300 cartas posibles, sin contar tierras básicas, comenzó el filtrar que usaría y que no, para mí fue un proceso de 4 meses en conseguir cartas y en tener un mazo listo a mi gusto. Lo sé, fue mucho tiempo.

Ya con un mazo, los detalles y cambios se fueron afinando tras cada partida. El poder usar Vedalken Orrery, hacía que las iras tomaran la velocidad de la luz en la mesa. Cada partida hacia que mis contrincantes estuvieran expectantes, aunque no lograba muchos triunfos, el retrasar el juego me gustaba.

Después de un tiempo, mi juego se volvió monótono, el escuchar más de una vez en la mesa cuando alguien bajaba cosas horrendas, “has lo tuyo” y sentir con ello que me salvaban el pellejo solo porque podría ir limpiando destruyendo o exiliando cada obstáculo para que alguno más en la mesa lograra su objetivo, termino transformando mi hermoso mazo de ángel en un demonio, en algo que no quería seguir utilizando.

“Wings that once bore hope are now stained with blood. She is our guardian no longer.”

Entonces descubrí que lo que más amé fue el proceso de armar el mazo, que cada pieza tuviera que encajar en él para hacerlo perfecto. Jugarlo es entretenido hasta que ya no lo es, pero armarlo fue (y es) una experiencia.

Hoy con la mayoría de las cartas en la carpeta, no lo volvería a jugar. Que vuelva tan hermoso ángel al monolito de plata, que ir probando otras dinámicas y armar otro mazo hacen que este formato sea inagotable.

 

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