La tercera parte de nuestra serie de artículos dibujando una linea de tiempo en el Lore de Magic The Gathering, nos presenta el salvaje plano se Zendikar. Hoy narraremos como tres caminantes de planos se enfrentan a tres pesadillescos devoradores de mundos.

LA RED DE EDROS (-1,500 AR*)

Sorin Marcov (Sorin Markov), el señor vampiro de Innistrad y Nahiri (Nahiri, the Lithomancer), la kor litomante defensora de Zendikar; unen sus habilidades como caminantes de planos en un desesperado intento por defender un plano de nombre desconocido, contra aberrantes horrores, retorcidos de color enfermizo.

Durante semanas, el dúo caminante de planos, logra contener la plaga, hasta el fatídico momento en que un ser exorbitantemente grande emerge en el horizonte. Imponente, descomunal, extraño y horripilante a la vista; un coloso de hueso blanco con tentáculos fibrosos. (Ulamog, the infinite gyre). Al orden de su rugido, oleadas de horrores repulsivos se materializaron chillando y gritando, gimoteando y aullando; una jauría de mandíbulas chasqueantes, garras cortantes, tentáculos fustigantes, cabezas pálidas y sin ojos. Los más pequeños eran del tamaño de perros, los mayores eran tan grandes como montañas avanzando con torpeza entre la horda.

Los caminantes de planos enfrentan valientemente a las pesadillas vivientes que los encaran. De repente, una grieta brillando con una sobrenatural luz divide el campo de batalla, Nahiri se concentra en usar sus habilidades de litomante para cerrarla, pero nada ocurre.

No era una fisura en la tierra… era una fisura en la realidad.

El plano se desmaterializa.

El apocalisis se desencadena poco después de que los últimos defensores del plano, maldiciendo, saltan a las eternidades ciegas. Los habitantes del plano exhalan su último aliento en un grito inaudible antes de ser borrados de la existencia, como si nunca hubieran vivido.

Todo es polvo. Ilustración de Jason Felix.

Arriban a Zendikar, el punto de encuentro que habían acordado en caso de fallar. Descansan y restablecen los vínculos que les brindan maná. Si Sorin siente el más mínimo pesar por como habían acabado las cosas, Nahiri no lo lee en su rostro. Sin previo aviso, junto a ellos se materializa un majestuoso dragón etéreo brillando con luz blanca y azulada, emanando una tenue neblina, dos cuernos curvos adornando su cabeza y unas delicadas alas plegadas con elegancia en su espalda (Ugin, the Spirit Dragon).

Nahiri trata de no parecer asustada mientras Sorin reconoce haber colaborado con el dragón en el pasado. Ugin agradece la amabilidad de la litomante al tiempo que revela como fue testigo de su reciente derrota ante un ser, que él denomina, un eldrazi. Explica que tales monstruosidades son organismos vivos procedentes de las eternidades ciegas, con la libertad de desplazarse entre planos sin ser caminantes de planos y si nadie los detiene, serán una amenaza para todos los mundos.

Sorin y Nahiri proponen al dragón unir sus fuerzas para destruir a los eldrazi. Ugin responde en tono de reproche <<¿Acaso logran comprender lo que ellos son?¿Saben si habitan en alguna ecología invisible o qué pasaría si los destruyéramos? ¿Merecen morir? ¿Acaso su ética se aplica solo a los seres que puedes comprender? ¿Son capaz de responder alguna de estas preguntas?>>

En contraste, Ugin les muestra una red imposiblemente compleja con miles de nodos y uniones, en donde propone apresar a los eldrazi en sus manifestaciones físicas, obligándolos a sumirse en un letargo. Revelando además, para la sorpresa de Nahiri y Sorin, que solo se enfrentan a tres oponentes. De hecho, el ser colosal que habían visto, Ugin lo denomina Ulamog, el menor de los tres titanes.

Ugin asegura que los titanes deben ser atraídos y atrapados en un plano. Será necesario un plano de gran tamaño, rico en maná, escasamente poblado y donde uno de los tres pueda vigilar a los eldrazi durante su letargo. También admite que el plano estará en peligro, resultará dañado, pero no será destruido. Si fracasan, estará condenado, pero ya habría sido así de todos modos.

Sorin, Nahiri y Ugin.

Sorin y Ugin aseguran que sus planos natales no cumplen los requisitos. Zendikar es fuerte, indómito, puede resistir a los eldrazi el tiempo necesario para encerrarlos. Nahiri se niega a poner en peligro su plano, sin embargo, Ugin la convence de tomar las riendas de su destino y hacer lo correcto. Zendikar se convertiría en una prisión y Nahiri en una carcelera; un mundo y una caminante de planos resistirían tenazmente para proteger a todos los demás.

Les lleva cuarenta años de trabajo constante construir una red cuidadosamente detallada de líneas místicas y nodos mágicos para confinar a los eldrazi. Nahiri crea piezas de piedra labradas hasta el más mínimo detalle, Ugin graba en ellas las runas dracónicas que las sostendrían en el aire y atarían a los eldrazi. Al emitir pulsos de energía, los edros son un cebo además de ser una trampa. Con lentitud e ignorando los demás mundos los eldrazi reptan rumbo a Zendikar.

Templo eldrazi. Ilustración de James Paick

Zendikar se ha preparado mejor que ningún otro mundo lo he hecho jamás para la llegada de los eldrazi. Ver a un titán eldrazi es una experiencia pavorosa y desagradable. Contemplar a los tres juntos es descender a las puertas de la locura.

Ulamog no logra resaltar al lado de sus hermanos, Kozilek (Kozilek, Butcher of Truth) se abre paso entre los edros como si fuesen inútiles pedazos de papel que flotan alrededor del lugar en el que debería estar su cabeza. Por encima ambos, en todos los sentidos, Emrakul (Emrakul, the Aeons Torn), una torre horripilante de carne entramada y tentáculos que flota sobre la tierra.

Resultado de imagen de eldrazi titans
Ulamog, Kozilek y Emrakul.

Si la incursión se prolonga, el plano terminaría sucumbiendo. Los habitantes de Zendikar unen sus fuerzas a los tres caminantes de planos para detener a la progenie eldrazi. Los titanes avanzan inexorablemente al origen de la llamada que los había atraído, el nexo de la red de edros. Los caminantes de planos concentran su tremendo poder en la piedra que servía de nexo entre todos los edros gracias a líneas invisibles de fuerza y maná. Todos los edros del plano brillan y se sitúan en nuevas posiciones. La red adopta su forma definitiva, Zendikar se estremece por el esfuerzo.

Y entonces, todo terminó. Los tres aliados sellaron la cámara con una cerradura que solo se podría abrir con la ayuda de tres caminantes de planos y juntos emergieron a la superficie del mundo devastado. Los tres eldrazi permanecían petrificados, rodeados por una red de edros flotantes. La tierra se los tragaría y los habitantes de Zendikar erradicarían a su progenie. Zendikar había sobrevivido; el mundo estaba desfigurado, pero entero.

Tres contra tres. Ilustración de Igor Kieryluk

Tarde o temprano, los dos Planeswalker ancianos se marcharían, pero Nahiri permanecería allí, junto a los eldrazi. Puede que cayesen en el olvido un milenio más tarde y que la destrucción que habían provocado se convirtiese en leyenda, pero Nahiri y la mismísima tierra jamás los olvidarían. Su labor acaba de comenzar.

Nos veremos de nuevo en un par de semanas en nuestra cuarta parte, donde dos hermanos se enfrentaran el uno al otro, desatando un infierno sobre Dominaria. Los invito a seguir nuestra fan page de facebook y también nuestras demás redes sociales: twitterInstagrampatreon y  youtube donde frecuentemente agregamos contenido nuevo.

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